¿Leyendas o Historia?



Leyenda del
Pozo Curavacas:

Al llegar al Pozo ten mucho cuidado, te puede pasar como al carretero de Lláneves, al cual, hace muchos, muchos años, le sorprendió una gran nevada que casi sepultó la yunta , el cargamento y a su pequeño hijo que le acompañaba. Dejó estos y fue a buscar ayuda al pueblo vecino, la tormenta le extravió y después de mucho subir y caminar se encontró junto al Pozo, del cual salían bramidos cuyos rugidos se oían en Pineda, en Vidrieros, en Triollo, y hasta en La Lastra y Los Cardaños. Antes que pudiera escapar las aguas se revolvieron furiosas y en el centro se abrió un abismo del que salían las entrañas de alguien que se había desgraciado en pecado mortal.

 

De repente apareció la cabeza de una serpiente que silbando y dando coletazos se hundió cuando el carretero , medio muerto de miedo, se encomendó a San Lorenzo, al que prometió diez libras de cera si le libraba de aquel mal. Cuando, por fin, llegó a Cardaño, encontró a su hijo sano, al que San Lorenzo había llevado allí milagrosamente y que le dijo: “Di a los de Lláneves que, de ahora para siempre, han de dar a los de Cardaño diez libras de cera para que se libren de todos males que puedan causarles el alma en pena del Pozo Curavacas. Desde ahora para siempre”.

 

Dad más o menos crédito a esta leyenda, al fin no es una grave cuestión de fe, pero lo que es seguro es que la ofrenda se cumple anualmente.

 

Cardaño celebra la fiesta de San Lorenzo y vienen los enviados de Lláneves en ese día y ofrecen al Santo las diez libras de cera. Solo un año no hubo ofrenda, y todas las mozas padecieron bocio, y hubo peste mortífera en el ganado...

 

En el archivo vecinal se guarda muy cuidada la sentencia de un pleito sobre el caso, en la que San Lorenzo gana y los llanevenses pierden, por negarse a cumplir una promesa perpetua.

 



Leyenda del despoblado de Miranda:

A dos kilómetros al suroeste de la Lastra hay un valle conocido con el topónimo de Miranda. Hacia su parte media, al lado de abundantes y claras fuentes, se aprecian los restos de un pequeño pueblo cuyos me­dios de subsistencia fueron los normales en esta zona. Tenía una peque­ña población, los cuales vivían en paz, compartiendo sus necesidades y alegrías.

 

En cierta época (que la tradición no llegó a recordar) se iba a cele­brar una boda de dos jóvenes del lugar. Como era lógico, todo el pueblo estaba invitado excepto una anciana, ¿olvido?, ¿alguna rencilla?, ¡quién recuerda el motivo! Ante tal hecho ésta concibió un odio mortal contra todos los del pueblo y preparó el momento de su venganza.

 

Llegó el día de la boda y todo el pueblo acompañó a los novios a su Iglesia, resonando por sus calles las canciones de boda, el jolgorio y alegrías propias que acompañan a estos actos desde siempre por estas tierras montañosas.

 

Cuando ya se estaba celebrando el acto y por las estrechas callejas del pueblo, únicamente se paseaba la fuerte luz del sol y se oía el trinar de las alegres avecillas, la vieja con paso ligero, apoyada en combada cachaba de avellano, se acercó a la casa de la novia donde había queda­do preparado el banquete nuncial. Allí estaban sobre unas grandes me­sas de roble los garbanzos guisados, los corderos a la boca de la horne­ra, el buen vino de Tordesillas y los arroces con leche y demás, que no recuerda quien la leyenda me contó.

 

Todas estas viandas quedaron regadas con el veneno de un animal que por estas tierras denominan vaca-viruela y que la vieja derramó. Se retiró a su casa y allí esperó el desenlace final, el cual no se hizo esperar, ya que todos los habitantes del pueblo murieron, incluso algunos perros que participaron de las sobras del banquete nupcial.

 

La "vieja" quedó dueña del pueblo y de lo que en él había, sus prados y todos sus términos; pero todos estos bienes no pudo por mucho tiem­po disfrutarles debido a sus muchos años, teniendo que pedir ayuda a los vecinos de La Lastra a cambio de que a su muerte todo el término de Miranda pasase a La Lastra; y así es que desde entonces este término es de La Lastra.

 

Apoyando esta leyenda, existe un documento fechado el 13 de marzo de 1814 en el cual se hace constar que tropas francesas en su retirada de España atacaron e incendiaron los pueblos de Miranda y La Lastra y en el enfrentamiento con las mismas murieron todos los habitantes de Miran­da, librándose del mismo fin los de La Lastra, que se refugiaron en una cueva cercana.

 



Leyenda del Gigante del Valle Estrecho:

En el término de San Martín de los Herreros y muy cerca de su ac­tual casco urbano residía un gigan te, el cual tenía su casa en el térmi­no de los Castros de la Vega. Este hombre tenía una única hija, a la que amaba entrañable­mente, pero ella no se sentía feliz a su lado, ya que no encontraba nin­gún pretendiente, ni ningún mozo de los alrededores quería entablar relaciones con ella, pues todos los hombres del Valle Estrecho tenían miedo al Gigante.

 

Ella quería marchar de aquellas tierras pero no lo conseguía, pues su padre la vigilaba y tenía perso­nas por el contorno, comprometi­das en su cuidado. Su única salida era por las montañas y cierta vez lo intentó por un sendero del monte Cadalcio, pero fue sorprendida y castigada severamente. Su padre, para evitar que se repitiera la haza­ña, colocó en el paso unas grandes rocas, que en la actualidad allí existen.

 

Ella lloraba y suplicaba a su pa­dre que la dejase marchar, pero él se mantuvo en su postura durante meses y años.

 

Por fin un día, y estando apoya­da por alguna persona de confian­za, preparó con hierbas del campo (cuyos nombres desconocemos) un bebedizo con el que regó la comida de su padre, el cual, después de degustar la comida cayó en un profundo sueño.

 

Ya libre de la vigilancia de su padre se encaminó hacia la Peña Re­donda, desde donde dio vista a Tierra de Campos, hacia la cual se mar­chó.

 

Cuando el Gigante se despertó montó en cólera al enterarse de la desaparición de su hija; sus voces y gritos retumbaron por el Valle Estre­cho, las rocas cayeron por las calares y hasta las fieras del bosque se refugiaron en las cuevas. Buscó por todos los pueblos hasta que un viajero le informó que su hija se encontraba lejos de estas montañas, ya que un señor poderoso la había cogido bajo su protección. ¡Era ya inútil buscarla!

 

El gigante, después de esta noticia tan desconsoladora, se puso tris­te, muy triste y en su casona reinó el luto y el silencio. Hasta que un día arrasó su casa, alejó sus ganados, despidió a los servidores y se marchó al monte; remontó la Peña Redonda y se quedó mirando la horizontali­dad de tierra de Campos por donde su hija se marchara. Allí pasó días y noches sin hablar con nadie, sin comer, ni dormir. Por las noches habla­ba solo y desde el pueblo oían los suspiros que él daba.

 

Hasta que una tarde, cuando el sol se ocultaba, se acostó sobre la Peña Redonda, se puso un pañuelo sobre sus ojos, cruzó las manos y se durmió. Un frío intenso se sintió en el valle, llegaron días de lluvia y nieblas, así como grandes tormentas.

 

Cuando pasaron varios días, amaneció con un sol radiante, pero qué insólito hecho, el gigante había crecido más, mucho más y se había con­vertido en una estatua de piedra recostada sobre la Peña Redonda. Las lágrimas brotadas de sus ojos habían formado un gran surco que bajaba hasta los bosques, la sangre de su corazón, roto por el dolor, había pene­trado en la tierra y por eso hoy existe una fuente que la llaman "colora­da". El resto había regado muchas rocas, desde Cadalcio a Pico Cimero, por la fuente, de entre la Braña a San Martín.

 

Por un sumidero, ahora invisible, la sangre no purificada del gigante había penetrado en la tierra y se había mezclado con la misma tomando color negro, como se ve en la mina.

 

En una cueva que llaman del Oso y que se encuentra entre las Polla­tas de Castilla y Collado Montero, había unas columnas y mametones pétreas formadas por las lágrimas del gigante. Asimismo dice la leyenda que hay un gran tesoro escondido por el gigante en las entrañas de latierra. También nos cuenta quien nos relató la leyenda, que cuando se acerca la fecha en que murió el gigante, el gran lago subterráneo que se formó con las lágrimas del gigante se embravece y lanza sus aguas con gran fuerza por la boca de la fuente Desondonada.                   

 

Esta leyenda está basada en la figura o silueta de un gran hombre acostado que forman las estribaciones de la Peña, partiendo de ésta, ha­cia Cervunal, Alto Miranda, Alto de los Valles, vista desde San Martín de los Herreros y que la imaginación popular ha llamado El Gigante Muerto.

 



Leyenda de
Santa Lucia:

Las ruinas de la ermita de ese nombre, ermita que durante siglos desafió en pie a todos los desatados vientos de la rosa, nos invitan al recuerdo.

 

Cuenta una tradición que, cada año el día trece de diciembre, el pueblo de La Lastra, a cuya parroquia perteneció el santuario, subía en procesión o romería a honrar a la Santa. Aquel año la cumbre estaba cubierta por una ligera capa de nieve. Los más animosos subieron como de costumbre. Cuando paseaban la imagen alrededor de la pobre capilla salió de improvisto de entre la maleza una raposa. El vecino que llevaba la cruz, un gran cazador, no pudiendo resistir la tentación de cobrar aquella pieza, la arrojó el santo leño dejándola muerta en el acto.

 

La Santa se ofendió de tal modo con aquella irreverencia que no volvió a escuchar las súplicas de estos feligreses. Y el pueblo pasó por pestes en el ganado y sequías pertinaces. Y les salió bocio a las mozas y hernias a los jayanes.

 

Desde aquellos días imprecisos viene el abandono de la ermita de Santa Lucía y el mote de raposos que aún llevan a cuestas los vecinos de La Lastra.

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